Anomalía ventorum
Hoy justo se cumple un año de la llamada Anomalía Ventorum. Acababa de empezar la primavera y el buen tiempo no terminaba de asentarse. A mediados de abril comenzó a soplar un viento hostil que, aunque en principio no parecía fuera de lo común, invitaba a sacar de nuevo el abrigo pese a que el sol brillara con fuerza. Lo escuchaba azotar las ventanas de mi casa y me acostaba temiendo despertar con los cristales rotos o, como mínimo, con un par de macetas hechas añicos. La primera noche no ocurrió nada de eso, aunque tuve que recoger la ropa tendida, que había acabado esparcida por el patio. «Un mal menor», pensé.
A la noche siguiente, las ráfagas de viento se intensificaron se volvieron aún más feroces, golpeando de nuevo las ventanas. Algunos árboles de la calle fueron arrancados de cuajo y mis macetas, condenadas, no tuvieron ninguna oportunidad. Fue entonces cuando comenzaron los sucesos inexplicables: personas que dormían en la seguridad de sus casas, resguardadas del temporal, amanecieron en lugares insólitos; algunas sobre un tejado, otras en jardines ajenos. Un estudio posterior confirmó que su nueva ubicación coincidía, en efecto, con la distancia que habrían recorrido si el aire las hubiera arrastrado. Este fenómeno se repitió durante tres noches más y, a medida que aumentaba su intensidad, el vendaval transportaba a sus víctimas cada vez más lejos.
En un intento por controlar la situación, alteré mis horarios, bebí tazas de café y me mantuve activa a toda costa para no ser una víctima más del macabro juego de Eolo. Sin embargo, las once de la noche fue la última hora que vi en el reloj. Poco después se haría público el verdadero alcance del fenómeno: toda la península caía en un sueño profundo a esa misma hora y se desvelaba a las ocho de la mañana, paralizando por completo la vida nocturna del país. Y yo no fui la excepción.
Desperté envuelta en una niebla densa y húmeda que me cegaba y me calaba hasta los huesos. Los fríos adoquines se clavaban en mi espalda. Al asimilar mi fracaso, sentí una rabia tremenda, aunque, dentro de lo que cabe, tuve suerte: al menos ya estábamos sobre aviso de los traslados. El silencio, casi ensordecedor, apenas se veía roto por el eco de los pasos de aquellos que, como yo, acababan de amanecer allí. El inconfundible tono plomizo y ocre del granito me situó de golpe en algún casco antiguo. Me incorporé entumecida y di unos pasos a través de la bruma, intentando orientarme. Al echar a andar, una sombra sobrecogedora emergió frente a mí. Solo al alzar la vista comprendí la magnitud de la burla del viento: me había acostado en pleno centro de Madrid... y acababa de amanecer en la plaza del Obradoiro, frente a la catedral de Santiago.
Según la versión oficial, fue un evento aislado, un misterio que los científicos aún intentan descifrar. Y ahora, mientras miro el reloj rozar la amenaza de las once de la noche, ese silbido áspero ha empezado a arañar de nuevo mis ventanas.