Hijas de Héspero
Te encontré sentada en la arena mirando al mar, esperando al atardecer. La luz era perfecta: te arropaba con un dulce color naranja que suavizaba todas las sombras de tu cara. La paz del momento se reflejaba en tu rostro; a veces cerrabas los ojos por unos segundos, dejabas que la luz te bañase, aprovechando los últimos rayos cálidos del día. No podía pensarte sino como Hespéride, diosa del ocaso. Allí sentada, el momento te pertenecía.
Me acomodé a tu lado. No quería acercarme demasiado y perturbarte y, aun así, te notaba respirar. Veía tu pecho subir y bajar, apoyada con las manos en la arena mojada, sintiendo el aliento de la orilla. Rocé tus dedos con los míos; te giraste y tu sonrisa fue tan amplia que supe en ese momento que me estabas esperando.
—¿Cuándo viajas? —me preguntaste, volviendo a mirar el atardecer.
—Mañana —. La respuesta corta llevaba la carga del ansia de las horas para separarnos. Decir más era tapar con mi voz el sonido perfecto del agua.
La brisa me traía tu olor: manzana y canela. Tu cabello se movía al viento, apenas lo suficiente para no deshacer la imagen perfecta y compuesta que eras en ese momento.
Suspiraste.
—¿Cuánto me quieres? —dijiste, rozando mi mano con la tuya.
Cerré los ojos. ¿Cómo decírtelo?
—Cuenta las gotas del mar y, aun así, no te acercarás a lo mucho que te quiero. Te quiero más que estrellas hay en el firmamento. Mi amor por ti es infinito, como los átomos del universo, solo que los átomos podrías contarlos y mi amor seguiría aumentando. Mi amor por ti no duda: bajaría por ti al Hades y no miraría atrás. Te quiero más de lo que podría nunca expresar; eres mi sol, mi luna, mi guía y mi camino. Cuando muera y tenga mi juicio, mi corazón pesará menos que la pluma porque mi amor por ti no conoce odio ni maldad. Y si algún día te tengo que dejar marchar, me resguardaré en este sentimiento que es cobijo y libertad para verte feliz, si es que así lo deseas.
Cuando terminé de hablar, seguías mirando al sol, que apenas se veía en el horizonte. Y así nos quedamos las dos, sin mucho más que añadir que la espera a separarnos. Te giraste y dijiste:
—A partir de ahora, cuéntame como si fuéramos una única. Esta noche dormiremos juntas, pero mañana no te irás sola. Me llevarás contigo; o mejor dicho, te llevarás la parte de ti que ahora soy yo.