Soledad

Soledad
Photo by Adi K / Unsplash

«Como espinas de un rosal». Así definía Soledad la llaga del desamor. «Penetran mi cuerpo, dejando un tajo profundo. Siento miles de agujas clavadas sin que pueda arrancarlas todas, sin posibilidad de que el dolor supure para sentirme un poco más libre, más ligera o, si el destino me lo niega, al menos limpia de este sufrimiento». 

Eso me confesaba en su última carta, después de años de silencio. Quiero pensar que fue mi terca insistencia lo que la trajo de vuelta a las letras, aunque la imagino postrada en la cama, sepultada bajo las mantas, tiritando por el hambre del cuerpo y del alma. La imagino recibiendo mis mensajes, sin saber realmente lo que dicen. Hasta que no tuvo algo de fuerza no sostuvo la pluma. Siempre le repetí que escribir es sanador, que, aunque el destinatario de la carta no fueran más que sus propios ojos, dejar que la tinta sangre el dolor siempre ha sido un bálsamo para los malheridos. 

En cada trazo de sus palabras se adivina un insomnio febril, un letargo en el que las pesadillas se agolpan. Y, paradójicamente, el único refugio de su mente cansada era el instante en que se le permitía soñar, pues el mundo de los vivos se había convertido en su verdadera condena. 

¿Seguía Soledad realmente viva? Había que darle de comer en la boca, bañarla, sostenerla en cualquier necesidad que tuviese. Quienes la cuidaban eran más bien centinelas, velando por que no se dejara apagar o se desvaneciera en las sombras de la duermevela. Sobrevivía, apenas. Según me confesó, aquella languidez la arrastró a unas fiebres abrasadoras, y fue solo al resurgir de ellas cuando el apetito volvió. Como si rozar el velo de la muerte con la yema de los dedos le hubiera concedido una tregua, y estuviera dispuesta a aferrarse a ella. Quién sabe qué fantasmas vio en sus delirios, qué voces escuchó en la penumbra y quién le susurró que debía volver a vivir. 

En el papel desgranaba el origen de su tormento: Antón, su prometido, había regresado de sus viajes con los ojos vacíos de ella, perdido en la distracción de un nuevo amor. Soledad lo supo al instante. Su madre se lo había advertido, le había dicho que la mirada de Antón buscaba otras mujeres, pero el amor cierra los ojos ante aquello que no desea contemplar. Me cuenta que, poco antes de su partida, los días transcurrían entre los preparativos del enlace, sin ella sospechar nada, más que las ganas que tenía de desposarla. Cuando llegó del viaje, ella no paró hasta arrinconarlo y conseguir que le confesara qué había pasado en su ausencia. Al final, ninguno de los dos quiso caminar hacia un evento por el que, además, tendrían que endeudarse solo para complacer las vanidades de él. Quizá, en su propio enamoramiento, Soledad solo vio lo que se permitió, hasta que ya fue demasiado evidente. 

«¿Habría podido seguir adelante?», se preguntaba. «Si Antón hubiera disimulado, aunque fuera un poco, yo habría mirado a otro lado. ¡Dios sabe que no quería verlo! Pero era tan evidente... Callar me habría coronado como la reina de las necias al tener que excusarlo ante nuestros conocidos y, lo que es peor, excusarme ante mi propio reflejo. Ya sabes que poco me importó el juicio ajeno, porque mi propio tribunal es implacable. Me habría dictado mi merecido en esta vida, siendo a la vez víctima y verdugo de mi propia historia. Y aun con todo este dolor, me sigo preguntando: ¿habría valido la pena?». 

Cualquiera que lea estas líneas conoce la respuesta. La sabe al instante y sin asomo de duda, aunque el corazón, terco como es, a veces tarde toda una vida en aceptarla. 

Yo había sido testigo del preludio de esa traición poco antes de su regreso. Fue una de esas casualidades crueles que el destino teje con ironía: coincidir bajo el mismo techo, en un hostal recóndito al que mi marido y yo habíamos huido en busca de renovar nuestro amor. Una mañana, bajo el pórtico del caserío, lo vi en las mesas del comedor, mientras la brisa fresca de verano acariciaba el aire durante el desayuno. Estaba acompañado por una mujer de gestos altivos y una risa escandalosa que rompía con la armonía del ambiente. Me dio la impresión de que hacía gala de una insolencia deslumbrante, ajena a cualquier recato, y me pregunté, al verlos, si ella era cómplice de la farsa o una víctima más del engaño; si conocía la existencia de una novia que aguardaba en casa o si Antón la había arrastrado a su red de omisiones para robarle aquellos días. 

Empujada por la lealtad hacia mi amiga, me acerqué a su mesa. Quería indagar la escena, buscar alguna señal en los gestos, en haberles sorprendido allí, cualquier cosa que me diese un indicio para advertir a la afectada. Sin embargo, ninguno de los dos me ofreció el menor atisbo de duda. Es cierto que aquel refugio, impregnado de un aire romántico para quienes buscábamos reavivar el amor, era la única posada a leguas de distancia, obligando a cualquier viajero de paso a compartir sus muros. Actuaron con una naturalidad pasmosa. ¿Me habrían visto llegar, preparando sus máscaras a tiempo? No hubo una mirada de soslayo, ni un roce furtivo que delatara una intimidad ajena a los negocios. 

Ella se presentó con orgullo como la heredera de Tejidos Ikat; su padre había fallecido de forma repentina y, desafiando las convenciones, desplazando a sus dos hermanos mayores, herederos por naturaleza del negocio, había tomado las riendas de una empresa que conocía mejor que nadie. Ambos se escudaron en un trato comercial recién sellado sobre aquel mismo mantel: la sastrería de Antón se nutriría, a partir de entonces, de las telas de su compañía. 

¿La traición ya se había consumado antes del acuerdo, o fue una semilla que germinó después? Supongo que seguirá siendo un misterio para mí, pues en su carta, Soledad calla los pormenores, no sé si por ignorancia o porque el dolor le impide escribir la deshonra. Hoy me pesa en el alma haber sido tan ciega. Lamento no haber escarbado tras esa fachada de rectitud, no haber vuelto con una advertencia en los labios. Aunque, en el fondo, ¿me habría creído si lo hubiera hecho? 

«Carezco de paz alguna, mi querida amiga. El sueño, mi asidero, se escurre entre los dedos, abandonándome a la deriva de mis peores tormentos. Le amaba tanto que le habría perdonado, de haber atisbado en él algún remordimiento. Pero me atravesó con su traición, retiró la hoja y me dejó desangrar. Caí de rodillas, aguardando a que me tendiera la mano para alzarme, pero la suya ya enlazaba otros dedos. 

»Si he de seguir viviendo, solo le imploro a Dios que no sea bajo este yugo, con el alma partida por la mitad, el letargo en los huesos y este llanto que se derrama sin voluntad. El padecer del espíritu es tan voraz que ha echado raíces en mi cuerpo, y mi mente no es más que la celda donde agonizan mis recuerdos. 

»Si he de vivir, que el tiempo se apiade de mí y me devuelva, aunque sea en fragmentos, a la mujer que fui, capaz de encontrar gozo en la simpleza de los días. Que recupere la fe, como alguna vez la tuve, en la promesa de un compañero de viaje. Y si el destino decreta que he de caminar sola, que logre mirarme al espejo y verme completa, hallando el amor en esos rincones donde nuestra propia ceguera del romanticismo nos impidió mirar. 

»Si he de vivir, ruego que sea con mayor sabiduría. 

»Te abraza, tu amiga. Soledad». 

Subscribe to espinas

Don’t miss out on the latest issues. Sign up now to get access to the library of members-only issues.
jamie@example.com
Subscribe